lunes, 26 de octubre de 2009

TRANSICIÓN

Hoy, 31 de diciembre, último día del año…
Mañana, 1 de enero, primer día del nuevo año…
Entre hoy y mañana…
Pequeño, pequeñísimo instante en el que la vida vuelve a comenzar.
Nuevas ilusiones, nuevos proyectos, grandes y renovados anhelos, grandes y renovados deseos…
Quizás…
Pequeño, pequeñísimo instante en el que el universo se detiene a la espera de un tiempo nuevo, distinto, mejor…
Quizás…
Pequeño instante, imperceptible momento, fugaz y eterno a la vez, en el que nuestra historia recorre una milésima de segundo y el futuro incierto se ahoga en un interminable signo de interrogación…

Tiempo de transición entre el antes y el después, entre el hoy viejo y el mañana por nacer…
Momento de transición que no pasará desapercibido…
Momento de hacer un exhaustivo balance…
Momento justo para proponerse objetivos…

Instante único e irrepetible para ser quien soy.

Gloria Brandán
Diciembre de 2008

PICHU

-Tu voz vibra en mi interior, me llega al alma.
-Gracias, Pichu, eres muy amable, pero no creo que sea para tanto.
-Sí lo es y así lo siento en lo más profundo de mi ser.
Un apretado abrazo selló el sincero y emotivo cumplido.
-¿Sabes cómo aprendí a reconocer el ritmo de la chacarera?
-No, Pichu, si quieres contarme…
-Un amigo de mi padre, Pampero, bombisto por convicción propia, palmeaba mi espalda con su mano marcando el ritmo: tum… tumtúm… tumtúm… y así lo entendí, mejor dicho, así lo sentí en mi cuerpo por primera vez. Claro que en ese entonces yo era muy chico, pero ahora que soy más grande y veo cómo mi padre y sus amigos disfrutan cuando cantan y bailan al ritmo de las guitarras, y percibo en mi interior el repiqueteo del bombo, me siento profundamente feliz y agradecido a Pampero que me enseñó los primeros pasos con la música de mi tierra.
-Pichu, ¡qué hermoso es lo que me cuentas!
Pichu me relató con tanta naturalidad y alegría sus primeras experiencias sonoras, que me invadió una indecible ternura.
Pichu cantaba, conocía todas las letras, tocaba el bombo golpeando los parches, tum… tumtúm… tumtúm… en perfecta armonía con las guitarras y los cantos.

-Quiero que cantes de nuevo, pero ahora aquí, a mi lado, así podré escucharte.
Los primeros acordes de una zamba brotaron de la guitarra. Las manos de Pichu tomaron los palos, sus brazos rodearon el bombo y, como si fuera un tierno niño, lo colocó sobre sus piernas. Un repiqueteo a tiempo con la guitarra y mi voz dio inicio a la zamba.

No recuerdo haber cantado con tanta emoción alguna vez. La mirada de Pichu sobre mis labios, leyendo cada palabra; el bombo junto a su pecho haciendo vibrar en su interior el sonido del monte y mi voz que le llegaba al alma…
Al terminar mi canción, Pichu se acercó a mi oído y me dijo con perfecta dicción:
-No sé si sabes que soy sordo.

Gloria Brandán
14 de julio de 2008.

EL BARRILETE ROJO

-Papá, quiero un barrilete…
-Hijo, sabes que no tengo dinero para comprarte uno… quizás más adelante…
-Pero… no quiero uno comprado, quiero que vos hagas un barrilete para mí.
-Hijo, no sé hacer barriletes. Mira, mejor vayamos al parque y allí veremos los barriletes que hay en el cielo. Seguramente lo pasaremos bien y nos divertiremos. Llevemos la pelota y jugaremos un rato, ¿quieres?
-No padre, quiero un barrilete mío, uno hecho por vos especialmente para mí.
El padre no puede calmar la ansiedad de su hijo ni tampoco cumplir con su anhelo de tener un barrilete.
-Papá, ¿por qué no intentamos hacerlo juntos? Yo he visto a mis amigos cuando los hacen y alguna idea tengo… Tenemos los materiales que hacen falta: papel de varios colores, dos palitos finitos, goma de pegar, hilo y… creo que nada más. Ya veremos cómo nos sale, ¿sí?
El padre finalmente accede al pedido de su hijo, aunque en su interior sabe que será inútil. Jamás había hecho un barrilete.
Juntaron los materiales necesarios y luego de desparramarlos en el suelo de la sala, padre e hijo comenzaron con la tarea.
Cortaron los papeles dándoles formas geométricas, ataron cuidadosamente los dos palitos en cruz, pegaron con cola el papel, le fijaron bien fuerte una cola larga con moños y nudos y lo asieron a un enorme carretel de hilo.
¿De qué color te gustaría el barrilete?
-¡Rojo, papá, rojo como el vestido de mamá!
El padre, sorprendido por la respuesta de su hijo, lo miró fijamente.
-¿Qué vestido de mamá?
-El que tenía puesto aquel día que fuimos al parque, ¿te acuerdas?

Era un día maravilloso. Juntos llenaron la canasta con todos los elementos que hacían falta para pasar una jornada en el parque. También una pelota para jugar con su pequeño hijo de tres años quien, aunque tambaleante aún por su corta edad, disfrutaba de esos juegos con su padre.
Felices partieron hacia el día que se auguraba también feliz. El niño tomado de la mano de su madre. La madre tomada del brazo de su marido quien sostenía con su mano libre la canasta repleta de golosinas, bebidas frescas, frutas sabrosas y la infaltable pelota.
-Hoy estás especialmente bella, querida. Este vestido rojo te sienta de maravillas. Realmente estás de verdad hermosa.
La mujer, acostumbrada a los elogios de su esposo, esbozó una sonrisa y una mirada de complicidad amorosa se cruzó entre ambos.
El día en el parque sucedió como lo esperaban. Luego de una breve caminata, se sentaron bajo un gran árbol cuya sombra los cobijaba de los rayos del sol del mediodía. El verano estaba llegando a su fin y los primeros colores otoñales ya se distinguían en las copas de algunos árboles. Una suave brisa levantó la falda roja mostrando las hermosas piernas de la joven mujer. Nuevamente la mirada y la leve sonrisa, cómplices del amor, se cruzaron entre los dos, pero el niño quería jugar, habría tiempo después para la intimidad amorosa.
El joven padre buscó la pelota, el niño corrió por el césped aún verde, la madre miraba la escena con detenimiento, sin perder detalle, sentada bajo la sombra del árbol... Desde lejos se distinguía exultante el rojo del vestido de la mujer.
Era un día perfecto.


-Papá, está lindo el barrilete rojo, pero… ¿volará?
-Espero que sí, hijo.
El padre, ensimismado en los recuerdos, construye el barrilete rojo como si alguna mano invisible guiara sus movimientos.
-Ya falta poco, hijo, creo que estamos terminando. Pronto sabremos si vuela alto.
-Sí, papá, quiero que vuele alto, alto, hasta…
Las palabras del hijo se cortaron. No hace falta seguir hablando, ambos comprenden lo que no se dijo.

Cansados de correr tras la pelota, padre e hijo volvieron hacia donde estaba ella. Allí estaba, dormida, con una sonrisa en sus labios y la mirada apagada. El vestido rojo le cubría el cuerpo estático.
Desde entonces, nunca más volvieron al parque… hasta hoy.

El barrilete rojo remontó vuelo. Voló alto, alto, hasta llegar a las manos de un ángel vestido de rojo, para no regresar.
Padre e hijo se miraron. En sus rostros se dibujó una sonrisa. Sus miradas cómplices fueron más elocuentes que mil palabras.
Lo que no se dijo, se cumplió.
Gloria Brandán.
Noviembre de 2008.

AL BAR "LOS CABEZONES"

Señor Director del diario El Liberal:

Desde Córdoba, al Bar “Los Cabezones”:
En Santiago del Estero, a menos de una cuadra de la plaza Libertad, se encuentra el tradicional bar llamado “Los Cabezones". Este bar, o boliche para los más allegados, es un punto de reunión de amigos, poetas, escritores, escultores, pintores y cuanto artista pase y quiera debatir o mostrar su arte. Allí se dan talleres de danzas folclóricas, conferencias, cine-debate, promocionados por la Secretaría de Cultura de la Nación, llamados “Café Cultura”… Lo que en sus inicios fuera una quimera, se convirtió en realidad. Una realidad que duró 25 culturales años. Una quimera soñada y hecha realidad por nuestros entrañables amigos Ari y Ramón Paz.
Al llegar a Santiago desde nuestra Córdoba natal, el boliche es un imán que nos atrapa. Cruzar su umbral es sentirnos en Santiago. Allí esperamos a nuestros amigos que llegan de a uno, lento, sin apuro, con su andar bien santiagueño no contaminado por las urgencias de las grandes ciudades: Mito Gramajo, Miguel Simón, Luis Corbalán, Juan de Dios Navarrete, el “Mono” Agüero… por nombrar algunos nomás. Durante el día, es un bar común, donde se reúnen los amigos para compartir el café del mediodía…Durante las noches de los viernes y sábados, se transforma en un ámbito en el cual puede suceder lo más inesperado... Este fin de semana anterior asistimos al cierre oficial del viernes, y a la despedida final, íntima, del sábado. Sí, así es. El Bar Los Cabezones se cerró definitivamente. No solamente cerró sus puertas; en este momento, ya está siendo demolido. En aras del progreso, allí será construida una galería techada con locales comerciales. Claro, el lugar es neurálgico: está a metros de la plaza Libertad, en el mismo micro centro de la pujante capital de Santiago del Estero. Una vez más la cultura, la expresión artística, la voz del pueblo, deben hacerse a un lado, retirarse, apartarse, dejando lugar a las luces que ciegan, a los ruidos que ensordecen.Por eso, con gran emoción, es nuestro deber de amigos y admiradores de las tradiciones santiagueñas, desde nuestra Córdoba natal, y como un merecido homenaje, hacer llegar por este medio, nuestro sentir colmado de emoción.
Nos queda el recuerdo, el grato recuerdo, de haber conocido, formado parte y de ser testigos de uno de los lugares más típicos y emblemáticos de la tradicional Santiago. Allí aprendimos cultura, arte, folclore; pero por sobre todas las cosas, aprendimos a cultivar el arte de la amistad, la reunión y la charla con un amigo, café de por medio.Ha sido un fin de semana distinto en Santiago del Estero. Nos queda en nuestros corazones, la imagen de los ojos de nuestros amigos mirando las paredes, los cuadros, las carbonillas en ellas estampadas, las vigas del techo, cada uno de los rincones, como queriendo llevarse en las retinas, un trozo del ya extrañado bar “Los Cabezones”.Se ha perdido para siempre un referente de la cultura, el arte, el libre pensamiento y la tradición. Se ha perdido para siempre un pequeño escenario dispuesto a recibir a grandes folcloristas de todos los tiempos, de ayer, de hoy y los del mañana… Se ha perdido para siempre el mismo escenario donde alguna vez compartimos los sonidos de guitarras, bombos y voces del sentir santiagueño.La emoción nos embarga; que no callen los ecos de aquellas guitarras, de aquellos bombos ni de aquellas voces; que sigan sonando dentro de nuestro pecho.
“Los Cabezones”: tu corazón sigue latiendo.

Manuel Molina (DNI 8.358.668)
Gloria Brandán de Molina (DNI 11.974.718)
Córdoba – 7 de Marzo de 2008.-

miércoles, 8 de abril de 2009

SECRETOS DE UN CAJÓN

Cuando de guardar cosas sueltas e inútiles se trata, no hay nada ni nadie que supere a la mujer. Aunque nos duela en nuestro más intrínseco sentir, las mujeres somos así y, según mis exhaustivas investigaciones sobre la mitad del género humano, ninguna mujer que se jacte de serlo, se salva de esta ley natural. Las mujeres, por regla general, guardamos cosas de distinta índole por si alguna vez nos hacen falta, y cuando las necesitamos no las encontramos, o nos olvidamos dónde están guardadas, pero sabemos que están, y, con toda seguridad, aparecen en el momento más inesperado: cuando buscamos otra cosa totalmente distinta.
Esto que parece un trabalenguas es, nada más y nada menos, una demostración de mi esencia de mujer: un perfecto ejemplo que confirma la regla, y como ejemplo basta una muestra, y como muestra basta un botón.

Cuando me casé, mi madre me regaló su juego de dormitorio completo: la cama de dos plazas, dos mesas de luz y una cómoda. De todo este “set”, lo único que no uso ahora es la cama. Sin embargo las mesitas de luz y la cómoda están en plena vigencia. Un poco viejas y fuera de moda, pero siguen en pie sobre sus cuatro patas bien plantadas.
De estos tres muebles, voy a destacar el fiel servicio que me ha brindado durante treinta y dos años la cómoda, sin menospreciar a las mesas de luz que también tienen lo suyo.
La cómoda es de madera maciza. Un grueso vidrio la preserva de la tierra, del agua, de la colonia, o de alguna gota de perfume que pueda derramarse sobre ella, hechos sucedidos en más de una ocasión. Bajo el vidrio, y a modo de collage, fotografías de todos los tiempos son testigos del paso de los años: mi marido y yo atesorando la divina juventud, la inocencia en la pequeñez de mis hijos, el vigor en la adultez de mis padres, todos rostros sonrientes en las instantáneas de un momento feliz… De lo contrario, no habría fotos. Los momentos de tristeza o infelicidad no se fotografían. Quedan guardados en el alma.
Mi cómoda tiene cuatro grandes cajones, donde, salvo en el primero, guardo, con sumo esmero y prolijidad, mi ropa. Y digo “salvo en el primero”, porque a él especialmente quisiera referirme.
La costumbre y los años han hecho que este cajón tenga nombre propio: “El Cajón de Arriba de mi Cómoda” (no era tan difícil imaginar su apelativo). Todos los habitantes de casa saben que “El Cajón de Arriba de mi Cómoda” contiene los más variados y curiosos artículos de última necesidad y de poco interés cultural: cintas de distintos colores y tamaños, un chupete, fotos ajadas, cartas, anteojos en desuso, recuerdos de mis hijos, pequeños escritos y dibujos hechos por ellos, latas de galletas con aros, collares y pulseras de los más variados materiales y de las más variadas modas. También se puede encontrar enchufes, pilas viejas, tarjetas navideñas, lapiceras de sangre azul entrecortada, agendas de años anteriores, boletas, tijeras de un solo ojo, el otro vaya a saber dónde anda, y un sinnúmero de importantes pequeñeces que llenan el cajón en un impecable desorden. En definitiva, todo lo que está suelto y no tiene un lugar específico, va a parar a “El Cajón de Arriba de mi Cómoda”.


Este cajón tiene un atractivo especial para grandes y chicos. Recuerdo cuando la cómoda pertenecía a mi madre y el cajón de arriba tenía el mismo destino, yo esperaba cualquier descuido de ella para incursionar en él, revolviendo cuanta cosa hubiera allí guardada. Una vez en mi poder, el mismo cajón ha sido siempre un imán para mis hijos que esperan mis propios descuidos para inspeccionarlo en una meticulosa y prolija búsqueda de algún tesoro aún no descubierto.
Y digo que también es una atracción de grandes, porque en una oportunidad que fuimos visitados por personas de dudosa procedencia, “El Cajón de Arriba de mi Cómoda” fue vilmente violado y violentado, y su contenido, desparramado sobre mi cama, dejaba al descubierto sus más íntimos secretos.

Pero no es mi intención detenerme en el contenido de “El Cajón de Arriba de mi Cómoda”, sino hacer una breve reflexión sobre tan curiosa conducta femenil.
Si hiciéramos un análisis detenido de cada cosa guardada, nos encontraríamos ante un universo de secretos escondidos en cada una de ellas. Por alguna razón las hemos guardado; por alguna razón no las hemos tirado a la basura. Sería como desechar los retazos de aquellos pequeños momentos ya idos de nuestras vidas, como la luz de las estrellas que ya no existen. Esos recuerdos forman nuestra historia y nuestra historia está hecha con estos pequeños secretos guardados en nuestro “Cajón de Arriba de mi Corazón”.
¿Acaso tiraríamos a la basura el recuerdo de nuestro hijo con su chupete, o la cinta rosa que colocáramos por primera vez en la cabeza de nuestra hija, o el collar que usáramos en nuestra primera cita con nuestro ser amado? ¿Acaso desecharíamos los reiterados piropos, los “sos la mamá más linda”, los “te quiero hasta el cielo”, los “feliz día, mamá”? ¿Tiraríamos a la basura los primeros dibujos de nuestros hijos sobre la familia? ¿Acaso no forman parte de nuestra historia las pilas de una vieja radio que usáramos de recién casados, o la birome con la que escribiéramos en nuestras agendas a modo de diario íntimo? Y así puedo seguir infinitamente hasta desmenuzar en mi frágil memoria cada uno de los secretos guardados en “El Cajón de Arriba de mi Cómoda”, tejiendo una telaraña de recuerdos desordenados, tan desordenados como mi cajón.

La mujer guarda esas pequeñas cosas para que, llegado el invierno en su corazón, tenga a mano aquellos minúsculos tesoros, diminutos guardianes de íntimos secretos, que harán florecer una lluvia de estrellas fugaces iluminando los recuerdos perdidos. Y la primavera llegará a su corazón, y bailará y cantará en un torbellino de perlas, cintas y flores de papel.
Las mujeres, las descendientes de Eva, no sabemos despegarnos de las cosas inútiles. Enhorabuena!
Y… hablando de Eva, nuestro primer referente en el género humano, ¿en qué cajón de qué cómoda habrá guardado la hoja de parra que ocultara los más íntimos secretos de su feminidad?



Gloria Brandán

2 de abril de 2008

LA SILLA VACÍA

Shhh… No digas nada, ven, acércate… Cierra la puerta y no temas, no hay nadie en la casa, si es eso lo que te preocupa… Arrímate… mira, ¿las reconoces? Son del bar de la esquina, ¿te acuerdas?... las pedí prestado al dueño, sí, la mesa y las dos sillas, las mismas que usábamos en nuestras largas charlas con un café de tres tragos… Como ves, está todo oscuro, no quiero que nada ni nadie nos distraiga. Siéntate frente a mí, quiero ver cómo se refleja la luz de la vela en tu rostro… destellos naranjas iluminan tus ojos brillantes, la sombra de tu nariz se dibuja en tu mejilla dorada… y tu boca… ah! tu boca, con esa mueca del lado izquierdo que sólo yo sé reconocer. Delante de ti, desnudo mi alma, trato de decir lo que nunca dije por cobardía quizás, o por temor al rechazo o al ridículo. Sí, ahora, aunque sea tarde, qué importa. Sabes, desde ese día, me enamoré de ti y te amé como nunca nadie te amó, ni nunca nadie te amará jamás. ¿Te sorprende? Claro, cómo no va a sorprenderte, si jamás te lo dije. Qué te ibas a imaginar que alguien como yo se fijara en alguien como tú… pero, ya ves cómo es la vida. ¡Qué lástima! Ya es demasiado tarde… Dirás… por qué no lo dije antes, por qué recién ahora. Shhh… Déjame hablar, quizás sea la única oportunidad que tenga para hacerlo, después… ¡quién sabe qué vendrá después! No, no te levantes, no te vayas, espera un momento más. Quiero disfrutar de este instante… quiero ver cómo se transfigura tu rostro asombrado, quiero ver tus manos aferradas a la taza de café… una cucharadita de azúcar, no? Tómalo antes de que se enfríe. Escucha… no comprendo tu actitud… por qué has decidido marcharte, si estábamos tan bien… justo ahora que comenzábamos a entendernos, a conocernos, a pesar de nuestras diferencias. Pero… si todos lo dicen, ha de ser verdad. Qué lástima que no acudiste a mí antes de tomar esa decisión, qué fue lo que ocurrió que no me enteré… No quiero que te vayas, no me dejes en esta habitación oscura, con tu silla vacía y tu café sin beber… La vela se está consumiendo en esta larga espera… sus últimos estertores dibujan sombras alocadas sobre las paredes del cuarto… no me dejes sin explicaciones… no te escucho… acaso no estás aquí? Yo pensé… no sé qué pensé… la silla todavía está vacía junto al café con una cucharadita de azúcar, todavía no has venido, no me dejes sin respuestas… Todo está oscuro, el pabilo está quemado y no hay más destellos, no veo tu rostro ni tus manos, acaso no estás aquí… acaso no has venido y he quedado entre las tinieblas y la incertidumbre de la espera… No abrirás la puerta ni te sentarás en la silla que preparé para ti… no podré decirte que te amo, ni que te espero… ni podré mirar tus ojos con ese brillo incandescente… La silla ha quedado vacía… el café ya no humea y la oscuridad me invade…


Gloria Brandán
Marzo de 2009.

CARTA DE UNA MUJER A OTRA

Perdona, hermana mía, si te digo que mujer has nacido como yo y como todas las mujeres del mundo. Y eso no es malo, al contrario: es lo mejor que te podría haber sucedido.
No importa el lugar, las costumbres, la época y la sociedad que le tocó vivir, la mujer es mujer aunque alguna se empeñe en repudiar su condición. Somos muchas, y me animaría a decir la amplia mayoría, las que no vamos por la vida protestando ni levantando banderas en contra del sexo opuesto. Pero ¿dónde se ha visto semejante estupidez? Las mujeres de hoy, de ayer y de todos los tiempos coincidimos en nuestra forma de pensar con respecto a los hombres. No hay duda de que todas, absolutamente todas, hemos sido hechas con el mismo molde: la famosa costilla de Adán.
Pero, ¡qué equivocadas estamos! ¿Cómo pretendemos vivir solas y autoabastecernos sin tener un hombre al lado a quien reprochar, controlar y dirigir, dar de comer, lavarle la ropa, hacerle un cariño (y algo más, por qué no), coserle los botones de las camisas, mandarlo a que se bañe, al peluquero, pedirle que se afeite, que vaya a trabajar y que no vuelva tarde, que nos lleve al cine, al teatro, a cenar…? Qué mejor ejemplo que nuestra primera antecesora: ¿No fue la primera mujer quien le dio una manzana en la boca a su hombre? ¿Acaso no fue el primer hombre quien se dejó poner la manzana en la boca y aprovechó la ocasión para dar un mordisco y quién sabe qué otra cosa más?
Controlar todos y cada unos de sus actos y movimientos sin que se dé cuenta, y por sobre todas las cosas, que satisfaga sus caprichos, es lo que a la mujer la hace mujer. Y no quiero entrar en más detalles como la maternidad, la crianza de los hijos, frutos del amor entre hombre y mujer, la posibilidad de hacer más de una cosa al mismo tiempo, escuchar varias conversaciones, elegir el perfume predilecto, el de ella… y el de él. Amar a un hombre y sentirse amada, ¿no es lo que más le gusta a la mujer?

Perdona, hermana mía, si te digo que es hora de que nos pongamos de una vez por todas… la pollera, nos ajustemos bien el cinturón a la cintura, mostremos nuestras piernas, no importa cómo sean, nos bajemos los escotes e insinuemos lo poco o mucho que la Madre Natura nos ha regalado, nos maquillemos los ojos y los labios de rojo carmesí, escondamos nuestras canas y, con dos gotitas de perfume, sigamos seduciendo al hombre que tenemos a nuestro lado.
¡No perdamos tiempo! Hagámoslo antes de que el hombre que tenemos a nuestro lado se nos escape por la ventana de nuestra aburrida vida de mujeres feministas.
Gloria Brandán
16 de abril de 2008

AL FINAL DEL CAMINO

…Algún día voy a dejar de hacer esto, estoy seguro de que voy a poder, pero ahora no quiero, no tengo ningún motivo para intentarlo, es lo único que me hace olvidar el hambre, el frío y la soledad, aunque en realidad no estoy solo, están mis padres allá con mis hermanos, pero no sé si se acuerdan de mí, hace tanto que no los veo que bien podrían haberse olvidado de que existo, así que para qué intentarlo si ya sé lo que me van a decir, volvé, no te quedés en la ciudad, qué hacés allá, vení a dormir aquí, al menos acá tenés un techo y algo para comer…, y en realidad no quiero ir a casa porque no tengo ganas de escuchar las mismas discusiones del viejo que toma vino para olvidarse de que no tiene plata, ni de ver las lágrimas de la vieja que soporta en silencio el dolor por mis hermanos que lloran de hambre y de frío, prefiero dormir a donde me agarre la noche, para qué ir si no hay nada para mí, tan lejos, tan solo, tan triste, tan pobre. Algún día voy a volver y cuando vuelva voy a llevarle plata a la vieja, mucha plata para que se ponga contenta, para que pueda comprarse el colchón y la tele que tanto le gusta y algo de ropa para los chicos y también comida decente, así no tienen que salir a buscar entre la basura lo que sea que se pueda vender, cartones, botellas o algún hueso para llevar a la olla de la sopa, están tan flacos, pobrecitos, en cambio acá en la ciudad algo consigo para mí, puedo pedir, de vez en cuando me dan algunas monedas limpiando vidrios y por las noches me junto con otros muchachos que están igual o peor que yo y fumamos hierba para olvidar o para juntar coraje para sacar algunos pesos. Es tan duro esto, que lo único que me alivia es ese humo que aspiro, pero tengo que conseguir plata para poder comprarla y es difícil, tengo miedo de que me pase algo, por eso digo que algún día voy a dejar esto y voy a conseguir un trabajo bueno para poder ayudar a mi vieja y al viejo también aunque no lo merezca y a mis hermanitos para que puedan ir al colegio y aprendan a leer y a escribir, no como yo que no sé nada, apenas dos años hice nomás, después me escapé y no volví más y no me gustaría que les pase a ellos lo mismo que a mí, por eso tengo que seguir en la calle y juntar plata, así que para qué estudiar, de qué me sirve si de una u otra forma alguien me da algo de ropa o comida y si no le robo unos pesos a algún descuidado que encuentro por ahí. Pero sí, algún día dejaré esta vida, dejaré la droga y seguro algo mejor me estará esperando al final del camino…


A veces el silencio me detiene en el tiempo, las voces de mi interior se acallan junto con los brillantes ruidos, y puedo ver mi vida a lo lejos como si fuera de otro, como si me la hubieran contado y pienso qué fue de aquel niño que tenía grandes sueños, qué fue de aquel niño que perdido en la vorágine del mundo quería salvarse de la caída sin final, pobre incrédulo infeliz, soñador sin límites, prisionero de una libertad sin fronteras. A dónde quedaron esos sueños, a dónde fueron los anhelos que imaginó en los momentos de turbación y ensueño enredado entre mantas inmundas y nubes de humo, que lo acunaban y adormecían en las horas de soledad y abandono.
Los años han pasado crueles y sangrientos, no sé cuántos ni cómo, pero ya estoy viejo o me siento viejo, no sé. Acá adentro la vida no se vive, sólo pasa por la vereda del frente, nunca se cruza en mi ruta, ni en la ruta de otros que como yo perdieron su inocencia entre el hambre y el hastío, entre hierbas aspiradas y promesas incumplidas. No quiero pensar que aquí se acaba todo, ni quiero imaginar que después de tanto penar y luchar por ideales imposibles, no haya nadie que sepa de mis horas eternas. Quiero creer que más allá de estas cuatro paredes blancas, algo mejor me estará esperando al final del camino.


Gloria Brandán
4 de junio de 2008

jueves, 4 de septiembre de 2008

SUPERVIVENCIA

SUPERVIVENCIA

No puedo más. Estoy incómodo y no tengo espacio para moverme, aunque estoy calentito y me siento seguro. Creo que ha llegado la hora... ¿Qué pasó? No me di cuenta del momento, fue tan rápido. Yo quiero volver a donde estaba, era tan lindo y tan cómodo… De una u otra forma tengo que hacerme oír y no sé cómo hacerlo ya que nadie me entiende. Pero algo tendré que hacer. Desde que estoy aquí, sólo veo y escucho cosas incoherentes que no logro entender. Antes estaba tranquilo, sereno; ahora todo es un caos, luces, sombras, ruidos estridentes y movimientos bruscos. ¿A dónde estoy?...

Mirá, Fatús, no vengas a complicarme la vida. Hasta ayer yo era el único en quien recaía toda la atención y de pronto aparecés así, como de la nada. A mí me decían que estabas adentro, que pronto ibas a venir con regalos para mí y que ibas a jugar conmigo. Pero ahora estás aquí, al lado de la cama de mi mamá, ocupando el lugar que yo tenía y todos te miran como embobados, como si fueras lindo y la verdad sea dicha, de lindo no tenés nada, encima no sabés hablar ni jugar. Lo único que hacés es dormir y gimotear como un gato, sí, como el gato de la abuela cuando le agarro la cola. Y resulta que ahora tengo que compartir con vos a mi mamá y a mi papá. Me parece que esto del hermanito no me está resultando tan lindo como me decían…

Supongo que éste que se me acerca a cada rato es mi hermano mayor. Me parece que le dicen Facundo, pero a mí no me sale, yo le voy a decir Fafú, es más fácil. Pero creo que no me escucha, yo quiero decirle hola, Fafú, cómo estás, yo soy Juan Cruz, pero él me dice Fatús, parece que a él también le cuesta hablar, mi mamá le entiende, en cambio a mí no, yo trato de decirle que tengo hambre y que me duele la panza y lo único que me salen son unas lagrimitas, mi mamá me levanta en brazos y cuando estoy con ella, viene Fafú y llora a los gritos y mi mamá no sabe qué hacer con nosotros dos llorando al mismo tiempo. Yo le digo a Fafú que no grite, que me aturde, que ahora mi mamá me tiene que atender a mí porque soy más chiquito y necesito que me den de comer. Tengo hambre, le voy a decir a mi mamá que me dé la leche, y de paso escucho ese tamborcito que me acompañó mientras estaba adentro, lo extraño, su tum-tum me hacía dormir…

Fatús, Fatús, ¿estás dormido? Sólo quería decirte que te presto a mi mamá y a mi papá hasta que yo vuelva de la guardería, porque me parece que vos por ahora no tenés ganas de jugar conmigo, pero primero voy a llorar un rato para que mi mamá me alce y me dé unos besos grandes, grandes y después me voy, así que aprovechá de llorar todo lo que quieras mientras yo no esté, porque cuando vuelva, mi mamá va a ser mía de nuevo y vos te podés quedar con la abuela… Ah! Me olvidaba, gracias por los regalitos, me gustaron mucho.

-Por fin se fue Facundo y Juan Cruz se ha dormido. Vamos, amor, descansemos un rato que la casa está en silencio.

Gloria Brandán
18 de junio de 2008

INSTANTE SOMBRÍO

INSTANTE SOMBRÍO


Observa su sombra tendida sobre el césped verde amarillento aún mojado por el rocío matinal del invierno venidero, mientras la tibieza del sol le recorre la espalda. Sus oídos se detienen ante los sonidos externos: el trino de algún pájaro, el murmullo lejano de unas voces desconocidas, el motor de un auto que circula por la calle, lejos. Levanta la mirada hacia las estáticas copas de los árboles. El vuelo fugaz de un ave solitaria irrumpe en el homogéneo azul del majestuoso cielo. La quietud del día lo estremece. Su sombra lo intimida.
Poco a poco los sonidos se acallan hasta alcanzar un silencio total y absoluto. Sólo coexisten la sombra y el cuerpo, acechándose, en un mismo instante sombrío. La sombra frente a su cuerpo, su cuerpo frente a la sombra.

Sombra y cuerpo se entrelazan en una simbiosis perfecta. Inseparables, indivisibles. Nada se interpone. Nada.
Cuerpo y sombra lidian por hacer eterno aquel instante; el desgarro es profundo, sin regreso.
Siente la tibieza en el rostro mientras la sombra contempla ahora su espalda fría. La fugacidad del instante ha dado paso a la postrimería de un día apacible.

El sol ha superado el cenit.


Gloria Brandán
11 de junio de 2008

UNA MODA QUE ME INCOMODA

UNA MODA QUE ME INCOMODA

A lo largo de la historia, la moda ha sido un tema recurrente en reuniones tanto de hombres como de mujeres de todos los estratos sociales. Estilos diferentes se han sucedido según el uso vigente que unos pocos imponen a los consumidores de los caprichos de la moda. Trajes, vestidos, zapatos, colores, peinados, sombreros y un sinnúmero de accesorios que completan los atuendos de la sociedad en su conjunto. Diseñadores de todo el mundo deciden en locos bocetos los más curiosos e intrépidos últimos alaridos de la moda que nos hacen llorar, unas veces de risa y otras de tristeza: risas del ridículo y tristeza por el espanto.

Existe hoy en día una moda que preocupa a muchos hombres y mujeres que se sienten inducidos a seguir modelos impuestos desde la exposición permanente en los medios de comunicación masiva: la moda al culto del cuerpo. La oferta permanente de pastillas milagrosas para adelgazar, de cremas y ungüentos mágicos que reducen la materia grasa orgánica, de sofisticados aparatos de uso doméstico que llenan los espacios libres, tanto físicos como mentales. Si hay tanta oferta, seguramente es porque existe la misma cantidad de demanda. Y esto es lo serio, lo preocupante.
Ya no es cuestión de salud, de bienestar o de sentirse bien. Es cuestión de “verse” eternamente bien.
Están los inescrupulosos que se aprovechan de la moda del culto al cuerpo. Cirujanos plásticos, estilistas, asesores de imágenes, verdaderos escultores que, cual Miguel Ángel, moldean con su cincel eléctrico los más increíbles cuerpos dignos del David y la Venus de Milo. Físicos perfectos, medidas prefijadas, rostros sin expresión con esplendorosos dientes blancos alineados en perfecto orden y ojos estirados sin marcas de edad, labios carnosos que impiden sentir la sensación de un beso, piernas torneadas, bustos exuberantes, abdómenes “extra-chatos”, cinturas de avispa logradas por la mutilación de la bendita costilla flotante que las redondea, cabelleras rubias, rojas y negras, extendidas hasta lo imposible con mechones de cabello extras que dan marco a caras seriadas al mejor estilo Barbi y Ken. Y qué hablar de los tatuajes y de los aros enganchados en cualquier lugar del cuerpo humano.
Todo esto es fruto de grandes sacrificios, tanto económicos como personales. Aquellos que se someten a los bajos instintos de estos inescrupulosos escultores humanos, deben privarse durante largas temporadas de la exposición al público para ocultar los hematomas en ojos, narices y bocas provocados por cruentas cirugías, bandas elásticas que asfixian pero no matan, cicatrices ocultas entre los pliegues naturales de las articulaciones. Verdaderos sacrificios que ameritarán luego infinitos beneficios: entrevistas detalladas a los que se han animado a “cambiar” exponiendo al detalle las experiencias vividas a cuanto micrófono abierto haya dando vuelta por ahí, y una retribución monetaria que recuperará lo gastado durante la reconstrucción de ese bello cuerpo que renació en la mesa de un quirófano.
Por si esto fuera poco, existen los profesionales de la salud que, izando su título de médicos cirujanos plásticos, están prestos a publicitar sus milagrosas cirugías reconstructivas y modeladoras marcando la diferencia del antes y el después en fotos, videos y entrevistas que lindan con el mal gusto y la pornografía.
La moda del culto al cuerpo se extiende de manera epidémica. Prácticamente no queda cuerpo sin cicatriz y dudamos de la belleza natural. Criticamos una nariz prominente que da personalidad a una cara singular, o las huellas de embarazos deseados y partos felices que dieron vida a nuestros hijos. Borramos las marcas de nuestra historia, de llantos y risas que dejaron sus huellas en nuestro rostro, como así también las características físicas heredadas de nuestros antepasados.

Pero esto no se circunscribe simplemente a una cuestión física. Estamos inmersos en una sociedad enferma, con cambios de los valores a nivel psíquico y moral, problema que se torna cada vez más difícil de revertir. La salud mental de nuestras generaciones más jóvenes, futuro de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro país y de nuestro planeta están en serio riesgo: el flagelo mundial de la bulimia y la anorexia a las que se les suma la vigorexia: culto al físico perfecto, musculoso, el físico-culturismo llevado a la máxima potencia, se apodera cada vez más de las mentes más jóvenes e indefensas. Cuerpos lastimados, lacerados por dentro y por fuera, engañados por un espejo mentiroso que refleja lo que desean ver y no son. Cuerpos deformados y enfermos por la moda de la delgadez mostrada hasta el hartazgo en las más famosas pasarelas mundiales que proponen un estereotipo que raya con la demencia.
Esto conlleva a un verdadero desbarajuste y caos atroz de los valores morales, éticos y humanos más elementales. Mientras en países del tercer mundo miles de niños y adultos mueren de hambre por día, a la vista del resto de los seres vivientes mostrando sus huesos forrados de piel seca, verdaderas momias con vida, con miradas de tristeza, abandono y resignación, ese mismo mundo es el más grande consumidor de los dictámenes de la moda del culto al cuerpo siguiendo parámetros de una novedad cruel y antojadiza, exponiendo sus frágiles cuerpos, verdaderos esqueletos vivientes, con una sonrisa de felicidad dibujada en los rostros.

El culto al cuerpo es una moda que me incomoda. Quizás en algún rapto de lucidez podamos hacernos cargo de lo que la naturaleza y la mano de Dios nos ha dado. No reneguemos de nuestro cuerpo. Es el único que tenemos.
Lo cuidemos sin cicatrices.

Gloria Brandán
21 de mayo de 2008

SABES

SABES…

Sabes, hoy desperté con el deseo de decirte que te quiero. No sé qué lo motivó, si la mañana soleada y tranquila, el silencio de la casa o tu lado, tibio aún, de la cama.
Sabes, hoy desperté con ganas de decirte que te extraño, mas no sé por qué, si estás junto a mí en todos los momentos.
Sabes, hoy desperté y necesité sentir tu cuerpo a mi lado, acariciar tu pelo, pero el hueco de tu almohada me dijo que ya no estabas.
Sabes, hoy desperté y pensé en ti.
Sabes que sé, y bien que sé, que cada mañana al despedirte, dejas la señal de tu amor en mi frente y el perfume de tu mano en mi mejilla.

Sabes, hoy sentí tu beso y tu aroma, y te pensé y te extrañé en la tibieza de la cama, en el hueco de tu almohada, en la soleada mañana silenciosa y tranquila, cómplices cotidianos de nuestro andar.
Sabes, ansío tu regreso para decirte que te quiero.



Gloria Brandán
16 de abril de 2008.

ALAS

ALAS
De nuestros padres aprendemos a reír y a amar,
y a dar los primeros pasos.
Pero cuando abrimos un libro,
descubrimos que tenemos alas.
I

Aquí estoy, en este mismo banco del parque, tan gastado como mis ajadas páginas amarillentas. El mismo banco que como un viejo amigo al que la cotidianeidad torna imprescindible, espera al viejo pacientemente. Ya estoy apoyado en las débiles rodillas, abierto de par en par. Los temblorosos dedos transitan mis páginas acariciándome, ávidos por descifrarme. Pero hoy es distinto. No entiendo la desesperación, la ansiedad. ¿Qué buscan, qué palabra buscan con tanta avidez? ¿Es que no reconocen otra? Me recorren por completo todos los días, mas hoy se detienen en la misma palabra, una y otra vez y otra vez, hacia delante y hacia atrás. ¿Es que no pueden palpar otros puntos? Yo lo conozco al viejo; algo le pasa porque lo siento distinto. ¿Estará enfermo o triste? Sus movimientos parecen aleteos de mariposa en los últimos segundos de vida; han perdido el vigor y la firmeza de ayer. Hoy tiemblan, buscan, tocan, desesperados y ansiosos. Y aquí se detienen. En esta palabra que no sé qué tiene de particular. Como si fuera la primera vez que la palpan. La recorren de nuevo, cada vez más lento. Parece que se detienen…
Se detuvieron en la palabra que buscaban sin cesar: “alas”.

II

Sus dedos buscaban la primera palabra que su padre le enseñara a leer: “alas”. Levantó la cabeza e inspiró profundamente colmando todo su ser de una extraña sensación de libertad. Se dejó llevar. El límite entre la imaginación y la realidad era confuso. La realidad era la oscuridad; la imaginación, sus ansias de volar. La realidad eran sus dedos; la imaginación le regalaba alas.

Las manos acariciaban el libro cual tesoro, el más preciado que jamás tuvo; el primer libro que su padre le regalara y que le dio alas a su imaginación. Sus dedos recorrían las páginas en un ir y venir buscando puntos diminutos. Palpó nuevamente: “alas” y recordó las palabras de su padre: Sin leer nunca volarás. Usa tus dedos y desplegarás alas. Él sabía que era difícil. ¿Cómo leer en la oscuridad, padre? El lamento inspiraba aflicción en el padre que no sabía cómo aquietar el clamor del hijo ciego, mas el tesón y la perseverancia ganaron a la desesperación.
Dibujó ojos en sus dedos y puso alas a su imaginación.

Hacía mucho tiempo de esto. Ya su vida estaba llegando al final. Lo presentía, y tallando con puntos en su corazón el eterno agradecimiento, abrazó su primer libro, lo apretó contra su pecho y desplegó las alas.
Como un pájaro, desplegó sus alas y remontó el último vuelo.
Gloria Brandán
28 de mayo de 2008

jueves, 10 de abril de 2008

AMOR SILVESTRE

AMOR SILVESTRE

Te vi. Te percibí. Desde lejos, entre las gentes, te vi, te percibí y te elegí en el mismo instante en que tú me viste, me percibiste y me elegiste. Feliz instante, soplido matinal inadvertido, fugaz e imperceptible; efímero instante que lacró nuestras vidas con sello indeleble y perenne.
Amor mío: hoy estoy a tu lado y tú al lado mío, en la eternidad.

Sentada frente a la lápida, leía una y otra vez el epitafio. Una oleada de ternura invadió su interior al recorrer con la mirada las letras estampadas en el frío mármol. Unas pocas palabras que sintetizaban toda una vida de amor, plasmada más allá de la muerte.
-¡Ay! ¡Quién tuviera semejante dicha! ¡Felices las almas que descansan en tal amoroso abrazo!
En tales cavilaciones estaba, cuando una voz la despertó de su abstracción:
-Disculpe… ¿Usted los conocía?
-No, no. Yo…- dijo nerviosa, al tiempo que se incorporaba con dificultad y secaba una lágrima con el dorso de su mano temblorosa. -Simplemente me llamó la atención lo simple y lo bello…
-Tan simple y tan bello como la simpleza y la belleza de un amor verdadero, interrumpió el hombre.
-Entonces… Usted los conocía-, infirió la mujer, un tanto curiosa.
-No, no sé quiénes son. Ni siquiera las tumbas tienen nombre. Vengo aquí casi a diario para contemplar el amor. ¿Ve estas flores que nacen cerca de esta tumba? Ni el frío cruel, ni el agobiante calor las marchita. La enredadera de la otra tumba tampoco sufre las inclemencias del tiempo.
La mujer observaba cuanto el hombre iba describiendo: las flores silvestres, la blanca lápida con su inscripción en letras doradas que abarcaba las dos tumbas de níveo mármol, la enredadera que extendía sus sinuosos brazos sobre ellas a modo de verde manto.
-La enredadera protege las flores; mire, fíjese bien, -dijo el hombre inclinándose hacia las tumbas. -Si usted pretende tocarlas, la enredadera las envuelve con un movimiento casi imperceptible.
Mientras esto decía, el hombre rozó con su mano una pequeña flor. Una rama de la enredadera se movió suavemente tapándola con sus hojas en un tenue abrazo.
-¿Ve? Como le dije. Así debe haber sido aquel feliz instante en que se conocieron: efímero, imperceptible, fugaz, pero al mismo tiempo perenne, como estas hierbas que crecen a su alrededor.
No sentía tristeza ni melancolía, ni siquiera aflicción ni congoja. Sólo paz y serenidad.

Gloria Brandán
9 de abril de 2008

sábado, 22 de septiembre de 2007

¡QUÉ VIDA!

¡QUÉ VIDA!

“ ‘Febo asoma / ya sus rayos / iluminan el...’ ¡Qué Febo, ni Febo! ¡Con el calor que hace y todavía debemos marchar al compás de la Marcha de San Lorenzo! ¿Quién habrá sido este San Lorenzo para que tengamos que hacerle tantos honores? Me parece que de santo no tiene nada, porque si así fuera, nos debería salvar de este calvario. Son las dos de la tarde y ni siquiera hemos comido. Me estoy deshidratando. ¿Qué se habrán creído éstos? Nos tienen al trote: por la mañana, adiestramiento, como si fuéramos perros; luego, salir al monte a hacer maniobras, cuerpo a tierra, arrastrándonos sobre los codos, pasando por espinas, pantanos y piedras. Lo único que falta es que nos tiren una bomba en medio de la formación y salgamos disparados por el aire. Alguien me contó que algunos soldados quedan sin una pierna, otros sin cabeza, otros sin un brazo, o pierden en la batalla el arma que salvaría su pequeña existencia. Ah! Y pensar que siempre he soñado con ser soldado para defender a la patria! Y ahora aquí estoy, vestido de verde, escondido entre unos matorrales gigantes; espero que cuando termine la batalla me encuentren. Y por si algo faltaba, hay que aguantar las órdenes de estos grandes señores, con voces fuertes y gritos que asustan a cualquier hora...
Por la ubicación del sol, deben ser ya la cinco o seis de la tarde... He perdido la noción del tiempo... Estoy boca arriba, tirado entre grandes pastizales, todo embarrado... No escucho nada y el aire fresco del atardecer se hace sentir sobre mi maltratado cuerpo. Casi no puedo moverme; mejor espero la orden del superior a cargo...”

¡Chicos! ¡A comer! ¡Guarden todos los juguetes antes de que se haga de noche! ¡Después lloran porque no encuentran los soldaditos!

miércoles, 19 de septiembre de 2007

CUENTOS CORTOS INSPIRADOS EN LA VIDA COTIDIANA

INSPIRADO EN LOS CUENTOS CORTOS DE JUAN CALOU (BLOGGER)

Cuentos
Me he puesto nostálgica. Recuerdo los cuentos que mi abuelo nos contaba en las tardecitas de verano, un poco inventados por él y otro poco… por él inventados. Llegado el momento de más suspenso los interrumpía, ya sea en la mitad de un diálogo o de una situación altamente riesgosa para el protagonista de la historia. Los cuentos del abuelo nos atrapaban, nos mantenían en vilo durante todo el día, ya que nunca sabíamos ni cómo ni cuándo iban a terminar. Eso lo decidía él. La tarde siguiente, cuando el sol comenzaba a declinar y el canto de las chicharras nos aturdía, y mientras esperábamos el llamado a la mesa, nos reuníamos alrededor del abuelo para escuchar la continuación del cuento inconcluso.
¡Las vueltas de la vida! Pienso en los cuentos de mi abuelo y ahora soy yo la que invento cuentos que por supuesto no van a superar jamás los quedaron atrapados en mi memoria.
Y los invento para mantenerme en vilo y seguir atrapada a la vida.

Cortos
Más que petizos son cortos. Tienen los brazos cortos, el cuello corto, el talle corto y las piernas cortas. Viven en casas que, más que chicas, son cortas: apenas uno entra por la puerta, un pasillo corto comunica con el patio. Los árboles y las plantas no son enanas, ni siquiera son bonsái; son cortas: el tronco corto de fina corteza termina en cortas ramas que sostienen unas cuantas hojas recortadas por hormigas cortitas. Así es de corto todo lo que rodea la existencia de los Cortos: pueblo originario de una pequeña isla del Mar del Cortés, llamada isla de Córtega, cuya principal actividad es cortar clavos. Los pobres cortos ya se están quedando cortos con la fabricación de cortaplumas, cortapapeles y cortapastas; a causa de un cortocircuito, se les ha borrado el único cortometraje sobre un cortejo fúnebre histórico, documental que no pudieron exhibir por falta de una cortina blanca como telón. Debido a su corta existencia, deben apurarse ya que se les está acortando el tiempo.
Por cuestiones de cortesía, pues lo cortés no quita lo valiente, he decidido acortar esta historia y ponerle un corte.


Inspirados
Hay personas que se inspiran cuando escuchan una palabra o cuando ven algo que les llama la atención. Enseguida lo anotan con su lapicera siempre a mano, en un cuaderno que, curiosamente, tienen también siempre a mano. De esas anotaciones, dibujos o bosquejos, que por suerte anotan en el preciso momento que se producen, se inspiran, y resultan ser unos inspirados. Digo yo: ¿cómo hacen los inspirados para tener siempre un cuaderno y una lapicera siempre a mano para anotar en cualquier momento del día o de la noche, lo que ven, oyen , imaginan o sueñan?


Los invito a hacer un ejercicio de inspiración: inspiremos profundamente, llenemos los pulmones de aire y exhalemos por la boca; relajemos nuestro cuerpo y pongamos la mente en blanco; tomemos una lapicera y un cuaderno y escribamos un relato, cuento o historia, lo que se nos ocurra, inspirados en la primera palabra que escuchemos…
¿Y?...
Eso nomás quería comprobar.

En
Preposición que indica lugar, tiempo o modo (Diccionario de la Real Academia Española).
El lugar no importa, el tiempo corre y el modo… como uno pueda.
En el mejor lugar, en el mejor tiempo y del mejor modo será lo que debamos hacer y lo haremos de la mejor manera posible. No habrá en nuestra vida otro lugar, otro tiempo ni otro modo. Aprovechemos el que tenemos.

La
Siguiendo con la gramática y según el mismo diccionario:
LA: artículo determinado, femenino, singular; sexta nota de la escala musical.
De las dos acepciones de la palabra LA, me interesa, en este caso, la segunda.
Es sabido que la nota musical LA tiene una tonalidad específica. Entonces digo yo: ¿Por qué cuando entonamos una canción de la cual no nos acordamos la letra, decimos: “la la la la la la…”, siguiendo al pie del pentagrama las distintas tonalidades de LA y así sucesivamente hasta terminar con la canción que con tanta inspiración compuso el autor? Esto me lleva a la siguiente conclusión: si la nota LA tiene más de una tonalidad, ¿no sería mejor cambiarle de nombre, digo yo, por ejemplo ZU, sílaba difícil para tararear, y de ese modo no incurrir en equívocos difíciles de superar para cualquier persona que se está iniciando en teoría musical?

Vida
“¡C’est la vie!” Expresión francesa que traducida al español significa “es la vida”. En inglés se dice “this is the life”, en italiano, “è la vita”, en portugués, “é a vida” y en alemán, “es ist das leben”.
No es lo mismo decir “es la vida” que “c’est la vie”. Ni “c’est la vie”, que “this is the life”, o “è la vita”, o “é a vida” y menos, “es ist das leben”. Cada idioma tiene su propio ritmo, su propia cadencia para decir frases que expresan ciertos sentimientos o estados de ánimo. Incluso la entonación de la voz varía.
En español, dicha expresión es triste; en francés, romántica; en inglés, calculadora; en italiano, sanguínea; en portugués, dulce y en alemán, fría.
Ahora, si lo digo en latín, madre de todas las lenguas romances, “vita est”, es t-e-r-m-i-n-a-n-t-e.
Al juntar todos los adjetivos antes expuestos, reflexiono: la vida tiene un poco de cada uno de ellos: de tristeza, de romanticismo; es tajante, sanguínea, dulce y fría. Pero me niego a que sea ¡t-e-r-m-i-n-a-n-t-e!

Sea como sea la vida, ¡c’est la vie!
Yo, sí yo, me inclino por el romanticismo.



Cotidiana
Y para terminar con estas digresiones sin ton ni son, voy a referirme brevemente, tratando de ensayar un pequeño tratado sin previo ensayo, sobre la cotidianeidad de la palabra “cotidiana”, femenino de “cotidiano”.
Lo cotidiano, lo diario, lo de todos los días; no es tarea fácil sustraerse de lo cotidiano, de lo que diariamente uno hace con tanta seguridad y muchas veces mecánicamente: uno se levanta y lo primero que hace es asearse, mirarse raudamente al espejo tratando de no detenerse en la cara y mucho menos en el pelo: más tarde tendrá una forma más coherente, seremos como somos, o trataremos. Luego nos dirigimos a la cocina, preparamos nuestro desayuno de la manera que más nos gusta, escuchamos las últimas noticias, no vaya a ser que el mundo haya sucumbido mientras dormíamos y no nos hayamos enterado; prestamos especial atención a una cuestión, yo diría, casi vital para el devenir de nuestro día: la temperatura, la humedad y la presión atmosférica; la dirección del viento es, sin ninguna duda, la clave; según estos datos meteorológicos, nos disponemos sicológicamente para vivir lo cotidiano, lo de todos los días. Durante las horas matutinas desarrollamos nuestra actividad cotidiana siempre pensando qué haremos de comer. Almorzaremos lo que tantas horas nos ha ocupado el pensamiento y lo que en tan poco tiempo hemos realizado: una ensalada con un huevo duro. Listo.
Lo cotidiano no ha terminado con el almuerzo. Seguramente haremos una breve pausa en posición horizontal para luego tomar la decisión de cortar la tarde con un breve té o cafecito. Quizás recibamos alguna visita, atendamos el teléfono, conversemos con alguien que está viviendo su propia cotidianeidad, y trataremos de comprenderlo, pobre, qué vida tan aburrida, siempre hace lo mismo; al declinar el sol, comenzaremos a pensar qué haremos de cenar, debemos recuperar las fuerzas, pero carne no, me cae pesada de noche, así que me decido por un plato de sopa o una taza de café con leche y una rodaja de pan con queso. Nos quedaremos un rato más dando vueltas por la casa, veremos que todo esté en orden y en su lugar, temerosos de que alguien entre durante la noche y vea la casa revuelta.
Lo cotidiano, lo diario, lo de todos los días, ya ha terminado. Mañana empezará otro día con su cotidianeidad. Quién sabe, a lo mejor haya alguna sorpresa o tengamos alguna linda noticia. Con este pensamiento me dispongo a acostarme para gozar de un merecido descanso.
Hasta mañana.

Conclusión
Y así he relatado, a mi manera, los “Cuentos cortos inspirados en la vida cotidiana”, que lo único que tienen de “cuentos” es que de cuentos no tienen nada; de “cortos”, que no tienen la culpa que yo tenga tan corta imaginación; de “inspirados”, que la ausencia de inspiración asusta; “en” y “la”, no merecen ningún tipo de comentario, es más, podrían no estar; de “vida”, que merece ser vivida, ya que si estuviéramos muertos, sería demasiado tarde; y por último, de “cotidiano”… mmm…qué puedo decir… Lo cotidiano…
¡No! ¡Mejor no empiezo de nuevo!

Nota del autor:
Perdón Juan Calou.

Gloria Brandán

martes, 18 de septiembre de 2007

LAS DOS LUNAS

En un oscuro rincón de la gran sala, vestida con un traje negro, está La Guitarra. Apoyada en la pared, entre dos sillones, transcurre largos, solitarios y silenciosos días con sus noches, recordando aquellos deliciosos momentos cuando la sala bullía de música. Sí; ella sabe muy bien qué es la música porque de su propio corazón de luna nueva brotan sonoras notas que juntas crean hermosas melodías. Y eso, para ella, es la música. Claro está, siempre necesita de Alguien para que de su interior surjan aquellas armoniosas notas. Viene a su memoria un hombre de pelo blanco y barba que la levantaba suavemente, le quitaba el traje negro y tomándola del brazo, la colocaba sobre sus piernas. Una mano se adhería con firmeza a su diapasón de ébano y la otra, rodeándola por su cintura, subía y bajaba, cerca de su oscuro corazón, tocando los hilos de plata que cruzan su cuerpo. Ella escuchaba la voz de Alguien, en perfecta armonía con su música, entonando canciones de amor, reencuentros y adioses.
Recuerda perfectamente bien a ese Alguien porque todos los días y a la misma hora, repetía la misma rutina. Desde el rincón, ella reconocía los pasos cuando se acercaban. Los oía; mas no lo podía ver hasta que él le quitaba, con sumo cuidado, su vestido largo hasta los pies que le impedía toda visión. Ésa era una cuestión que siempre rondaba en su mente. ¿Por qué Alguien le coloca ese traje duro y frío, tan oscuro y cerrado que no la deja respirar, asfixiándola? ¿No se dará cuenta que le gusta disfrutar del aire y la luz? Ella sabe reconocer perfectamente el aire y la luz porque más de una vez, luego de estar con ella, Alguien se olvidaba de vestirla y quedaba recostada en el sillón. Permanecía allí, quieta, inmóvil, viendo cómo todo a su alrededor cambiaba de color según pasaban las horas. Por la mañana la luz entraba por la ventana, victoriosa; por la tarde, entristecida; por la noche, difusa. Disfrutaba de ese reposo que le permitía descansar de las largas horas transcurridas, de pie en el rincón, hasta que, al escuchar aquellos pasos, su corazón volvía a palpitar ansioso esperando que Alguien la desvistiera.
Pero ahora todo es distinto. Las horas pasan lentamente en oscuridad, en soledad y en silencio… No puede reconocer si es de día o de noche. Hace tiempo que no escucha los pasos de Alguien; que no ve la luz ni siente el aire; que no escucha la música de su corazón de luna oscura…

Ruidos. Ventanas que se abren y puertas que se golpean. La guitarra se sobresalta; sale de su silencioso letargo y se queda esperando ansiosa, curiosa. No entiende qué sucede. Siente su corazón palpitar, a la espera de los pasos de Alguien. Ya vienen, ya se acercan…
Pero esta vez son distintos. Más ligeros, ágiles y presurosos. La levantan del rincón, la desvisten, la liberan de su traje que la aprisiona y la colocan suavemente sobre el mismo sillón. Encandilada por la luz que entra a raudales por la ventana abierta, siente el aire que acaricia su cuerpo, su cintura, su brazo, que se introduce en su corazón ahora levemente iluminado por un rayo de luz.
Desde allí alcanza a divisar un destello que no recuerda haber visto antes. Algo la encandila desde el frente del sillón. No alcanza a distinguir qué produce aquella luminosidad que se refleja en su diapasón encegueciéndola.
-¿Qué es esto? ¿Quién está allí? ¿Quién eres? – pregunta La Guitarra curiosa.
Por toda respuesta escucha un lejano rumor.
Insiste:-¿Quién eres?
Silencio.
Las horas transcurren mientras la luz de la ventana se va disipando. El reflejo del frente se convierte en un suave color plateado. Sin embargo La Guitarra no deja de mirar hacia aquel destello que no recuerda haber visto antes.
Ya no está encandilada; puede distinguir bien a su antiguo compañero de sala: un mueble marrón, con cuatro patas cortas y sobre él, el nuevo brillo color plata.
-Chist, chist - Insiste nuevamente aunque con algo de timidez. -¿Quién eres? ¿Sabes hablar? Estoy aquí, sobre el sillón del frente, ¿me alcanzas a ver? ¿Eres nuevo en la sala?- Las preguntas salían a borbotones de su boca.
-¡Shhh! No grites. Te escucho-. La voz venía del reflejo del frente. -Te he escuchado desde esta mañana. No grites, por favor. Hoy no se puede hablar. Mañana lo haremos.
-¿Mañana? Pero a lo mejor mañana me vuelven a vestir y me ponen de pie nuevamente en el rincón vaya a saber hasta cuándo –contestó angustiada La Guitarra.
-No te preocupes- contestó el reflejo. -Eso no va a suceder. Te lo prometo. Mañana te explico.
La Guitarra quedó en silencio, perpleja. No le queda otra opción que esperar al día siguiente. Escucha pasos. Mas no son los pasos de Alguien a quien ella reconocería en seguida. Tampoco son los pasos ligeros y presurosos que escuchó esa mañana. Algunos brazos la levantan, le acarician su cuerpo, pasando las manos por su cintura con respeto, con discreción. Pero nadie le hace brotar la música de su corazón, ni escucha la voz del hombre con canas y barba, que entonaba canciones en armonía con sus hilos de plata. No. Vuelven a depositarla con suavidad sobre el sillón. No la visten. No le colocan el traje negro.
Cómo saber lo que sucede. Deberá esperar que transcurra la noche y llegue el nuevo día como le recomendó el destello plateado. No le colocaban el traje negro.
La luz tenue se va convirtiendo en tinieblas; pálidos haces de luz vienen del interior de la sala y de otros lugares más lejanos. No conoce esos otros lugares; solamente esa sala. Siempre ha estado allí, esperando a Alguien. Un murmullo permanente en la sala la adormece y pierde la noción del tiempo…

Una brisa de aire la despierta de su letargo; la luz entra nuevamente por la ventana; primero suave, luego más fuerte, brillante. Al frente suyo el destello vuelve a encandilarla; se sacude la modorra; la noche al aire libre le ha sentado de maravilla. De pronto recuerda los acontecimientos del día anterior.
-Chist, Chist – llama. No tiene otra forma de hacerlo. -¿Cómo te llamas? Yo soy La Guitarra, ¿y tú?
-¡Shhh! Habla despacio que lo mismo te escucho. Te he oído toda la noche mientras dormías- dice impaciente el destello y cambiando el tono de voz, exclama: -¡Qué hermosas melodías brotan de tu corazón cuando duermes!
-¿Yo? ¿Cómo puede ser? Nadie me ha levantado del sillón.
-Entonces has estado soñando.
-Seguramente, porque no recuerdo que nadie me haya levantado en sus brazos. Pero… ¿cómo te llamas? –pregunta otra vez La Guitarra.
-Soy Portarretrato. Me compraron ayer porque las personas necesitan mi corazón para colocar una fotografía. ¿Alcanzas a ver?
La Guitarra, todavía un poco encandilada, hace un esfuerzo tratando de mirar con más detenimiento a Portarretrato. En el centro, rodeada de un gran marco de plata, la cara del hombre de pelo blanco y barba la mira con compasión. Al menos eso le parece, pero no entiende qué hace Alguien allí, en el corazón de luna llena de Portarretrato. Sin poder disimular los celos, exclama:
-¡Con razón nadie me levantaba del rincón! Ahora está contigo. ¿Qué tienes tú para ofrecerle?
-¿Yo? Nada. Solamente mi corazón de luna llena. Acá está. ¿Lo ves?
-¿Y por qué está allí? No entiendo por qué necesita de ti para mostrarse.
-Ahora necesita de mí. En cambio a ti ya no te necesita más.
La Guitarra, confundida, sigue sin entender.
-¿Me puedes explicar, por favor? No comprendo lo que quieres decirme- contestó
enojada La Guitarra, al mismo tiempo que le invadía un leve sentimiento de celos.
-Anoche, mientras tú dormías y cantabas entre sueños- le explica Portarretrato- escuché algunos comentarios. ¿Acaso no te diste cuenta que había muchas personas?
La Guitarra recuerda los pasos presurosos y sigilosos del día anterior; las manos que la levantaban y la acariciaban con respeto y discreción; los murmullos que la adormecieron sobre el sillón.
-Ahora que me dices… sí. Me parecía extraño todo lo que sucedía anoche, incluso que no me pusieran el traje negro y que no me depositaran en el rincón. Pensé que Alguien se había olvidado de mí.
-No, no. Estás equivocada- le contesta Portarretrato. -Ese hombre de pelo blanco y barba a quien tú llamas Alguien, no te ha olvidado. Te ha llevado en su corazón hacia otra morada. Por eso has pasado la noche en el sillón, para que todos te vean ya que tú eras su compañera del alma; pero no puede llevarte con él. Solamente se llevó tu música.
La Guitarra enmudece. No necesita más explicaciones. Ahora comprende que ya no volverá a escuchar los pasos de aquel hombre de pelo blanco y barba que todos los días le quitaba su traje negro y la rodeaba con los brazos por su cintura; que tocaba con sus manos los hilos de su corazón de luna nueva haciéndole brotar suaves armonías y que cantaba con melodiosa voz canciones de amor, reencuentros y adioses.

Aquel hombre a quien ella llama Alguien, se ha llevado su música hacia su otra morada. Seguramente un nuevo Alguien se acercará con otros pasos, que ella aprenderá a reconocer; la tomará entre sus brazos y le hará brotar bellas melodías de su corazón de luna oscura, frente al destello plateado de luna llena; y una nueva voz se acoplará con ella en hermosas armonías.
Pero aquellas melodías, aquella armoniosa voz y los pasos del hombre de pelo blanco y barba, quedarán guardados en su memoria y no volverán a repetirse jamás.
Solamente en sus sueños.

ZAMBA

“Una música en la noche/ y en el aire una esperanza. La "Zamba" juega su juego/ ronda de amor sin palabras”.
(Andrés Chazarreta)

La zamba es una danza que deriva de la zamacueca, baile popular del Perú. Se bailó en el siglo pasado en todas las provincias argentinas y actualmente aún se conserva alguna vigencia en las occidentales y norteñas. Es, junto con la chacarera, el género más difundido de música autóctona. Carece de una coreografía predeterminada, dejando a los bailarines crear su propia interpretación mediante un juego mímico altamente significativo; los pañuelos que lucen los bailarines, actúan como transmisores mudos pero elocuentes del sentir de los intérpretes, destacándose la intención del varón en el propósito de conquistar a la dama. La zamba consta de dos partes: en la primera, el hombre trata de conquistar a la mujer pero ésta se muestra esquiva; en la segunda, la mujer acepta los galanteos de su compañero.

En el año 1988, mi marido y yo, junto a un grupo de amigos, fuimos invitados al recital de unos folcloristas santiagueños no muy conocidos por estos lares, quienes presentaban el lanzamiento de un nuevo trabajo discográfico en el auditorio de Radio Nacional de la ciudad de Córdoba. Fue grande nuestra sorpresa al encontrar la sala llena, ya que nuestra música y danzas nacionales estaban en decadencia y no gozaban de mucha popularidad.
Luego de acomodarnos en nuestros asientos, comenzó el espectáculo. Tras un juego de luces, aparecieron en el escenario los protagonistas: Peteco Carabajal, poeta y cantor de Santiago del Estero, junto a Jacinto Piedra, también santiagueño, quien hacía sus primeros pasos en el folclore, ya que su pasión era el rock, y digo era, porque al poco tiempo, Jacinto falleció en un accidente automovilístico, dejando para la posteridad hermosas composiciones y un recuerdo imborrable por su aporte al folclore nacional.
Poco a poco se fue creando el clima de fiesta. Los aplausos al ritmo de chacareras, gatos, escondidos y zambas, resonaban en la sala haciendo vibrar los corazones y las gargantas. Los artistas desarrollaron un espectáculo inolvidable; la puesta en escena nos transportaba a los patios de Santiago, donde aún hoy las familias se reúnen para cantar y bailar junto a amigos que no necesitan invitación para compartir un vaso de vino o unas tortillas al rescoldo con mate bien cebado.
Luego de una imparable serie de chacareras, el escenario se oscureció. Los aplausos se acallaron y el público quedó en silencio.

El llanto de un violín llena la sala acompañado por los suaves acordes de una guitarra. A lo lejos, un repique de bombo marca el ritmo de un corazón enamorado. La luna llena asoma en el monte santiagueño iluminando el centro del escenario donde, acurrucada cual paloma anidando, una bailarina vestida de blanco espera. Desde otro extremo, el hombre se acerca lento y con paso firme hacia la mujer. Con suavidad le toma una mano, al tiempo que la etérea figura se contornea en su frágil blancura. Desde un rincón anónimo, la lejana voz del cantor interpreta una zamba: “Mientras bailas”. La bailarina, con movimientos suaves, avanza y retrocede; mira con timidez al hombre, esconde el rostro tras el pañuelo, baja la mirada. Sus pies descalzos parecen no tocar el suelo. El hombre, con arrestos y pasadas, va conquistando el amor de la joven. Los pañuelos, extensiones de sus manos, se despliegan en un diálogo mudo, uniéndose y enredándose, para luego volver a separarse en un juego amoroso.
Juan y María bailan su danza enamorada. La bailarina consiente la declaración de amor con un revoloteo del pañuelo. Terminando el baile, se funden en un abrazo final con los pañuelos entrelazados en sus manos.

Este espectáculo artístico quedó grabado en mi memoria por su hermosura, ternura y simpleza: la hermosura de una danza de amor, la ternura del abrazo final y la simpleza de las cosas simples.

DEUDA SALDADA

I
GOTAS SALADAS

Éramos dos extraños. Jamás nos hubiéramos conocido de no haber sido por aquel extraordinario suceso.
Recuerdo aquel día. Yo me aprestaba a salir como todas las mañanas, cuando sonó el teléfono. Levanté el tubo y, antes de decir “hola”, una voz desconocida preguntó por mi padre. Sin dar ningún dato, pregunté quién llamaba. La voz me dijo que era un pariente lejano que quería contactarse con él, a lo que yo contesté que mi padre había fallecido hacía ya más de diez años y que si quería hablar conmigo, yo estaba a su entera disposición. Luego de unas palabras de cortesía, y prometiendo volver a llamarme, cortó. Quedé muy sorprendido por el llamado. Una serie de circunstancias me hacían dudar: mi padre, hasta el momento de su muerte, no había vivido jamás en esta casa, y además nunca supo de mi existencia. ¿Cómo pudo esa persona saber el número de mi teléfono, y además preguntar por mi padre? Estas dudas ocuparon mi mente todo el día y, llegada la noche, en la soledad de mi habitación, las preguntas se acumulaban en espera de alguna respuesta. Antiguos reproches contra mi padre que yo creía olvidados, vinieron de nuevo a mis recuerdos.
Pasaron varios días y al no recibir otro llamado, fui olvidando el extraño suceso. Hasta llegué a pensar que había sido un error, una comunicación equivocada.

Una mañana, caminando rumbo a mi trabajo, reparé en un hombre que iba adelante de mí. Me llamó la atención su vestimenta: sombrero de copa, capa negra y bastón. “¡Qué extraño!, pensé, ya no hay gente que se vista de esta manera”. Al llegar a una esquina, el hombre se detuvo bruscamente y tomándome del brazo, me dijo:
-Disculpe usted, ¿me hace el favor de subir al coche?
No atiné a preguntar nada; la sorpresa anuló mi poder de reacción. Subí a un antiguo auto negro; el hombre lo hizo tras de mí, con el coche casi en movimiento. Cruzamos la ciudad y nos adentramos en un barrio al que nunca había visto, ni sabía de su existencia. Las calles eran estrechas y con empedrado, las farolas en las esquinas todavía estaban encendidas; las veredas eran muy angostas y todas las casas tenían las ventanas y puertas cerradas. Aunque era de día, nadie circulaba por las calles. Era algo así como un pueblo fantasma, de esos que se ven en las películas del oeste. Al tiempo de andar, el hombre se quitó el sombrero y pude ver su rostro, recio y sensible a la vez, y con una pequeña sonrisa en sus labios, me dijo:
-No tenga miedo, Francisco, nada va a sucederle. Simplemente soy un mensajero. Después de decir esto, el hombre volvió a quedar en silencio. Me quedé sorprendido, no solamente por sus palabras, sino porque me llamó por mi nombre.
Anduvimos cerca de media hora por calles y callejones desconocidos. A dónde fui, no lo sé, ni lo sabré jamás. Por fin el coche se detuvo. La puerta se abrió y el hombre me hizo una seña para que descendiera. Me encontré frente a una casona del siglo pasado rodeada de un inmenso parque descuidado. Al frente había una fuente con una estatua de donde manaba agua cristalina. Al pasar junto a ella, unas gotas saladas salpicaron mis labios. Pensé que estaríamos cerca del mar.
Junto al silencioso hombre de capa y sombrero, subí las grandes escaleras que terminaban frente a una enorme puerta de madera la cual se abrió apenas llegamos. Entramos a un gran salón estilo victoriano totalmente vacío. En el otro extremo, un enorme hogar con leños abrazados por lenguas de fuego, daba un marco de infernal pesadilla; sobre la estufa, iluminado por los destellos naranjas de las llamas ardientes, un gran cuadro colgaba de la pared. Quedé petrificado. Era el retrato de mi madre. A un costado, el único mueble del salón, nos daba la espalda. Con una seña, el hombre de capa y sombrero me indicó que me acercara al sillón y, con paso vacilante, caminé hipnotizado sin quitar la vista del cuadro.

II
SALMUERA

Isabel era una joven pueblerina del interior de la provincia. Había conocido a Esteban en uno de los viajes que el joven hacía al interior, representando la empresa de su padre. El destino hizo que se enamoraran perdidamente lo que provocó más de un furtivo encuentro amoroso. En medio de esos momentos de prometida felicidad perenne, Isabel quedó embarazada. Ambos eran muy jóvenes, apenas dieciséis años ella, y veintiuno él. Pero eso no era un impedimento para casarse. Sí lo era el compromiso de Esteban de contraer matrimonio con una muchacha de la ciudad, lo cual Isabel ignoraba totalmente.
Paulatinamente, el joven fue espaciando sus viajes y los encuentros con Isabel, quien al verse abandonada, sintió una gran desazón que con el tiempo fue transformándose en un profundo resentimiento cada vez más fuerte. Sentirse engañada y utilizada, la hundía cada vez más en su amargura, mas ella se cobijó dentro de su vientre junto al hijo que llevaba en él. La salmuera de sus lágrimas corría por sus mejillas y su vientre redondeado, dejando surcos. Atrás quedaron las dulces caricias y los encuentros amorosos, pero más atrás aún, las promesas de su enamorado.
Esteban volvió a la ciudad y no regresó jamás a aquel pueblo donde estaban sus dos amores: Isabel y su hijo, a quien nunca conoció. Contrajo matrimonio con la joven, hija de unos acaudalados empresarios, con quienes su padre había hecho un compromiso por conveniencia. La juventud del muchacho le impidió revelarse contra la autoridad paterna, ni dar a conocer su amor abandonado en aquel pueblo del interior.

III
MANANTIAL

-Disculpa que no te ofrezca asiento, Francisco. No quedan más muebles en esta vieja casa-, la voz desde el sillón me hizo regresar de la paralizante hipnosis.
–Acércate, quiero verte-, dijo pausadamente.
Di la vuelta al sillón y me detuve mudo y expectante frente a él. Las llamas de la estufa iluminaban el rostro viejo y arrugado de mi padre. Dos profundos surcos descendían desde sus apagados ojos hasta más allá del cuello de su camisa.
-No entiendo… ¿Qué haces acá? ¿No habías muerto?-, dije con voz temblorosa.
-Hay muchas cosas que no vas a entender. Solamente estoy aquí para saldar una deuda; después de que escuches lo que debo decirte, podrás marcharte.
El hombre de capa y sombrero había desaparecido. Yo estaba solo delante de mi padre, a quien creía muerto hacía diez años.
Siguiendo el hilo de mis pensamientos, continuó diciendo con voz apenas audible:
-Sí… hace diez años, es cierto.
-Pero…-, intenté decir unas palabras, mas el viejo me interrumpió.
-Por favor, no digas nada, sólo escucha, no tengo demasiado tiempo-. Su voz se iba debilitando cada vez más. –Toda tu vida creciste convencido de que yo no sabía de tu existencia. Tu pobre madre, a quien amé hasta la locura, así lo decidió y yo respeté su voluntad. Es verdad, me lo merecía ya que la abandoné cuando más me necesitaba, justo un tiempo antes de que tú nacieras. Habrás visto alguna fotografía mía cuando, luego de su muerte, resolviste vender la casa del pueblo.
El anciano hizo una pausa. El silencio volvió a inundar la habitación, interrumpido solamente por el crepitar de las ardientes llamas.
-Esta es la primera vez que tú me ves-, continuó mi padre, -y la última. Quiero que sepas que mi amor por Isabel, tu madre, es eterno e infinito como lo es nuestro amor por ti. La fuente que está en la entrada de la mansión mana las lágrimas derramadas durante toda nuestra vida. El amor, hijo mío, no termina con la muerte; ahora nuestras almas están juntas. Bien vale cualquier sacrificio para obtener tu perdón… Te traigo las más dulces caricias de tu madre que te ama más allá de todo…

Sin terminar la frase, su figura se diluyó. Los leños se apagaron. La oscuridad y el silencio eran completos. Sus últimas palabras quedaron resonando en mis oídos como un eco interminable. Aturdido, salí corriendo de aquel lugar, tratando de huir de lo que parecía ser una pesadilla. A medida que me iba alejando, todo se disipaba en la nada: el salón, el retrato, las escaleras, la casona.
Como única testigo de lo sucedido, en medio de la nada, estaba la fuente, en cuyo centro se erguía la estatua. Me acerqué y reconocí en ella el rostro de mi madre. El cincel de la sal había marcado en las mejillas de piedra, dos profundos surcos que se extendían hasta su vientre plano, por donde se deslizaban, sin pausa, transparentes hilos de lágrimas, desde los ojos hasta la fuente.
Me tendí a sus pies y lloré. Las lágrimas de mis padres, junto con las mías, fue trocándose en manantial de fresca agua dulce, en el cual sacié mi sed de consuelo. Entonces comprendí el sacrificio de ambos: el alma de mi madre viviría por siempre dentro de la blanca y fría piedra, mientras mi padre recogería eternamente las lágrimas derramadas de su amada.
Lloré la muerte de mi madre y su sacrificio después de la muerte; lloré la muerte de mi padre a quien, finalmente, conocí después de su muerte; lloré su sacrificio.
Y lloré mi perdón.

lunes, 17 de septiembre de 2007

AZUL

La calidez de la arena y el murmullo del oleaje eran una canción de cuna para sus oídos. Poco a poco sus músculos se iban relajando y acomodándose en la suavidad de la playa. Sus párpados le pesaban hasta vencer sus ansias de admirar el atardecer, lejos de todo ruido, lejos de todo.
Una gran ola la levantó sobre la cresta y la condujo hacia las profundidades del mar. Un lugar totalmente desconocido y a la vez de una belleza extraordinaria se abrió ante sus ojos; se sentía feliz. Su aleta verde azulino comenzó a moverse lentamente de un lado hacia el otro; los brazos se mantenían a los costados de su ágil cuerpo; ni siquiera era necesario moverlos. La frescura del agua en su rostro. La larga cabellera dorada le acariciaba su espalda desnuda. Estaba en su mundo, en su hábitat: el fondo del mar.
Mientras más agitaba su aleta, más rápido se deslizaba. Nadaba sin esfuerzo alguno, sintiéndose libre, por lugares increíbles, por cuevas azules que la conducían a extraños parajes nunca imaginados. El agua cristalina le producía una extraña y agradable sensación de placidez, de libertad, de paz. Algunos peces la saludaban a su paso, otros la seguían como un gran cortejo al grito de ¡viva, viva! Los rostros de los peces le resultaban familiares, mas ella no le dio importancia a ese detalle; siguió meneando su aleta verde azulino adentrándose cada vez más en el mar azul, hipnotizada, como si el llamado de alguien retumbara en su interior. Cada vez eran más los peces que la seguían vitoreándola a su paso. Se deslizaba en el agua en un profundo éxtasis. Una melodía suave invadía sus oídos, atrayéndola hacia un maravilloso y brillante castillo azul. A medida que se aproximaba, lejanos golpes cobraban más fuerza y más potencia, mas la melodía la imantaba y la seducía.
Todo era azul. Azul como el mar. Y allí, el maravilloso y brillante castillo azul.
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Su aleta ya no se mueve con tanta agilidad; el aire comienza a escasear y cada vez es más difícil mantenerse bajo el agua. Escucha fuertes golpes y ruidos estridentes. La música se desvanece junto con el castillo azul, las cuevas, el cortejo de peces, su aleta verde azulino… y el mar.
Las piernas se mueven con desesperación; sus brazos se agitan y su rojo cabello ensortijado le tapa los ojos. La espuma no la deja respirar.
Los golpes se convierten en gritos; los gritos en alaridos y los alaridos en llantos. Sus hijos golpean la puerta del baño, llaman, gritan, lloran. Rápidamente sale de la bañera y sus pies resbalan en el piso inundado con agua jabonosa.
Su vida real ha regresado.
Su sueño de sirena se ha desvanecido como el brillante y azul castillo del fondo del mar.
Gloria Brandán